Las prostitutas siguen con su ritmo habitual de trabajo en la Carretera de Jaén, ajenas a la ordenanza municipal que en menos de un mes prohibirá negociar servicios en la vía pública

La Carretera de Jaén garantiza el anonimato del negocio sexual. No es casual que las prostitutas la hayan elegido para trabajar. Los alrededores de la vía otorgan una pizca de ´intimidad´ gracias a sus descampados, matorrales y casetas de electricidad, aunque también resultan efectivas la parte trasera de la gasolinera Elf y un recoveco entre el McDonalds y una residencia de mayores, ambas ubicadas a los extremos de la calle. Lo pudo comprobar este periódico el jueves pasado, en un recorrido nocturno y mediante charlas con las jóvenes que ejercen, la mayoría rumanas y africanas.

Toda esta actividad puede pasar a la historia en menos de un mes, ya que en noviembre entrará en vigor la ordenanza municipal que prohibirá la prostitución en la calle. Habrá que ver la efectividad de la norma, que por cierto muchas desconocen. "¿Que a nosotras o a los clientes nos pueden poner multas de hasta 3.000 euros? Bueno, nos tendremos que ir a otra parte", afirma una chica rumana, de 23 años, vestida con botas altas, medias de red y falda corta con ropa interior a la vista. Como la mayoría de sus compañeras.
Todas ofrecen sus servicios a ambos lados de la calle. Si se accede desde la Estación de Autobuses, a unos 60 metros se ven las primeras jóvenes. Se sitúan en la Carretera de Jaén, esquina Casería del Cerro para que los coches puedan girar sobre esta última vía y transitar por los terrenos de ferial, lo que aleja al comprador y a la vendedora de pasión de las miradas de vecinos. Algunas de ellas, no obstante, prefieren hacerlo casi en la misma esquina, entre una mediana de aproximadamente un metro de altura y un cuarto de electricidad. "Arriba vive gente pero aquí, si nos agachamos un poco, no nos ve nadie", comenta una de las dos jóvenes, también del país del Este. Su afirmación se comprueba en los rastros de su trabajo: preservativos usados y varios pañuelos de papel.
En coche. Más adelante, en la acera cercana a la entrada del Parque de Bomberos, aparecen los primeros travestis. Algunos de ellos son españoles y bastantes mayores, como uno que ofrece dos sitios: "Yo te lo puedo hacer en mi auto, que lo tengo aparcado aquí al lado, en la gasolinera, detrás de la tienda o detrás de la lavadora automática. El lugar no importa, te cobro lo mismo", dice. Si se gira por la calle Casería de Aguirre aparecen otras tres mujeres. En su caso, los servicios lo realizan en la parte trasera de los terrenos del ferial, con un terraplén y árboles que otorgan privacidad. Si se vuelve a la Carretera de Jaén, en la rotonda se encuentran varias chicas africanas, algunas colocadas en dos paradas de autobús. Su español resulta casi incomprensible. Aparentemente sólo saben las palabras justas para ejercer el trabajo. "Tú y yo, 30 euros", repiten. Sí conocen muy bien el camino para llegar al sitio donde practican sexo: unos matorrales tan crecidos que superan la cintura. Están ubicados frente a la gasolinera, en un descampado de casi una manzana y elevado a más de dos metros del suelo. El lugar proporciona absoluta privacidad. Sólo los pisos más altos de dos bloques ubicados en la calle Calicasas podrían ver algún movimiento de cabezas.
De tanto usar este descampado ya se ha formado el sendero. Allí se introducen las jóvenes y sus clientes, en un andar poco agradable, pisando desechos y con la maleza rozando el cuerpo.
Más adelante, siempre en dirección Estación de Autobuses, se coloca una andaluza mayor que ofrece sus servicios detrás de un cuarto de electricidad en una de las calles que corta la Carretera de Jaén, en el lateral del descampado citado anteriormente. Otra vez, la elevación de éste, los matorrales crecidos y la caseta suponen un rectángulo protector a la vista ajena. "Ahí viene la policía, ¿te hacen algo?"; "no, tranquilo, no pasa nada. No molestan", afirma. Y así es, un coche patrulla de la Policía Nacional avanza sin detenerse, operación que se repetirá un par de veces sin modificaciones.
Amigas. En las inmediaciones de la Estación de Autobuses se concentra un grupo de jóvenes rumanas. Todas son amigas. Se paran en grupos de cuatro y tres. Hablan constantemente entre ellas y beben cada tanto una coca cola de dos litros que esconden detrás de un poste de luz. Cuentan que están en Granada desde hace tres años. Son muy jóvenes. Y muy espectaculares. Por eso, la mayoría de los coches aminora la marcha en este tramo, un acto que provoca imágenes llamativas: debido a la construcción del metro, sólo hay un carril para cada sentido y la detención de un vehículo provoca pequeñas retenciones de segundos, con conductores que, sin otra opción, se quedan cara a cara con el paisaje femenino. Estas trabajadoras ofrecen sus servicios en una plaza, bien cuidada, con columpios, ubicada en las calles Torres y Jimena. "Lo podemos hacer donde tú quieras", cuenta una de ellas, y señala los lugares posibles: detrás de una caseta o de unos arbustos, sentados en un muro bajo o debajo de un árbol. Si no, en un descampado situado aún más atrás, a unos 20 metros de un bloque de edificios de reciente construcción.
Cerca de la rotonda de la escultura de la ´granada´, al lado de la Estación de Autobuses, una chica búlgara propone un sitio llamativo. Una pequeña calle entre el local de McDonalds y una residencia de mayores, un camino que deben seguir todos los clientes que van en coche. "Es el más seguro", dice
Todos estos lugares son para aquellos clientes que van en moto o que tienen coche pero prefieren el aire libre. Quienes poseen turismos, no obstante, suelen hacerlo dentro, aparcados en cualquier calle. Así parece que será hasta noviembre, cuando entre a funcionar la normativa municipal. Una ordenanza que, si cumple su objetivo, contentará a los vecinos de la zona que se han quejado de esta situación.

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